El milagro de Francisca de la Cruz a través de la Virgen de la Caridad de Illescas

Illescas | Sociedad

6, Mar 2026
Francisca de la Cruz

 De los archivos del Santuario de la Caridad en Illescas

Francisca de la Cruz, natural de Valladolid, tenía alrededor de 17 o 18 años cuando ocurrió el milagro en 1562, por lo que su nacimiento se situaría hacia 1544. Era hija de Lorencio Vázquez, escribano, y de Juana de la Cruz. Procedía de una familia de clase media, bien instruida en las costumbres sociales y religiosas de la época. Los testigos la describen como una joven pecosa, de piel clara, “de buen gesto” y de complexión pequeña.

Según relató la propia Francisca, en el momento del milagro trabajaba como criada para Isabel Rodríguez, una lavandera de Alcalá. Allí enfermó tras lavar en el río Henares, lo que provocó que Isabel la despidiera. Sin poder valerse por sí misma, fue acogida temporalmente en el mesón de Marcos Sánchez. El letrado Diego Martínez, que se hospedaba allí, narró que un condestable y su criado habían dejado dinero para su curación, pero al no mejorar y aumentar los gastos, pidieron su ayuda para buscar un médico. Así fue atendida por el doctor Hernando Díaz en el hospital de Santa María la Rica. Aunque remitieron las fiebres, el “tullimiento” persistía, y al regresar al mesón la obligaron a marcharse.

Siguiendo el consejo del médico, se dirigió al hospital de Antón Martín o del Amor de Dios, en Madrid, donde permaneció mes y medio. Allí confirmaron que su dolencia no tenía remedio y la enviaron al hospital de incurables de la Virgen de la Estrella, en Toledo. Su recorrido la llevó por Parla (hospital de Santa María), Getafe (hospital de la Magdalena), Torrejón de Velasco (hospital de San José) y finalmente Illescas.

Lucía de Mena, vecina del hospital de Illescas, declaró que Francisca llegó el 11 de marzo, entre las ocho y las nueve de la mañana. La hospitalera, Juana Rodríguez, explicó que quien la acompañaba la dejó en el patio para que tomara el sol, pero ella no pudo atenderla de inmediato. Cuando salió, vio cómo Francisca se arrastraba hacia ella. Lucía, que también se acercó, escuchó cómo la hospitalera la reprendía, acusándola de ir “de hospital en hospital como una bellaca”. El acompañante intervino para defenderla, explicando que era una huésped que había enfermado trabajando como lavandera. Lucía recuerda haber visto llorar a Francisca, que decía: “No me abraséis ni queméis, que hasta quemada vengo, y no se vea hija de madre como yo me veo”, mostrando su profunda angustia.

En ese estado, Francisca intentó llegar a una jarra de agua gateando. Otra mujer presente comentó lo deteriorada que estaba. Pasó la mañana en el patio, junto a una mujer pobre que vivía allí de caridad. La hospitalera le recomendó que se acercara a la imagen de la Virgen del hospital de la Caridad.

Hacia el mediodía, la hospitalera y la mujer pobre animaron a Francisca a ir a la capilla para encomendarse a la Virgen. La colocaron en el umbral de la puerta, adonde llegó a gatas. Había muchas personas presentes. Allí comenzó a orar y, según Juana, dijo en voz alta: “Madre de Dios, que no he extendido mis piernas desde hace cuatro meses”. La hospitalera la alentó a seguir rezando, y Francisca afirmó que en ese momento sintió alivio. Contó que pidió a la Virgen “que le diese salud o la llevase de esta vida”. Estaba de rodillas, pero al cansarse se sentó.

Le sobrevino un sudor y un desmayo. Pensó que quizá era por no haber comido y pidió a la mujer pobre que solicitara algo de alimento al mayordomo. Durante ese desmayo, seguía diciendo que llevaba cuatro meses sin poder andar, aunque empezaba a sentir las piernas “despegadas”. Juana relató que le dio un palo para apoyarse y que, ayudada por las paredes, la llevaron hasta las gradas del altar. Francisca aseguraba que cuanto más se acercaba a la imagen, mayor alivio sentía. Permaneció allí cerca de una hora.

Finalmente, sintió por segunda vez que las piernas se le despegaban por completo y que podía sostenerse sola. Salió hasta el umbral de la capilla. Todos los presentes, que la habían visto entrar arrastrándose, contemplaron con asombro cómo salía caminando. Ella misma proclamó en voz alta que había sido curada milagrosamente por intercesión de la Virgen del hospital de la Caridad.

La noticia se difundió rápidamente por Illescas. Lucía de Mena cuenta que la hospitalera llegó a su casa a las dos de la tarde anunciando que Nuestra Señora había obrado un milagro en la joven tullida que habían visto esa mañana. Lucía salió corriendo, dando gloria a Dios, para preguntar a Francisca lo sucedido.

Este relato procede de una publicación de la Parroquia de Santa María de Illescas, basada en documentos del archivo del santuario de Nuestra Señora de la Caridad.

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